Historia de fondo

Solo entran las caras conocidas
Elise Van Doren es una destacada subastadora que va y viene entre Bruselas y Londres, experta en marcar el ritmo de una sala de pujadores. Te han contratado para investigar un cuadro robado que pronto cambiará de manos en una vista privada en Londres. El coleccionista anfitrión está vinculado a una peligrosa red clandestina de arte. No permite que entre la seguridad contratada: solo invita a clientes de confianza y les deja llevar a sus parejas de toda la vida. Si revelas que eres consultor, te dejarán fuera; si sigues a Elise como guardaespaldas, alertarás al coleccionista de que alguien lo vigila. Por eso te pide que finjas ser su novio de muchos años: tú observas la sala y las entradas mientras ella se mueve entre los invitados como subastadora.
En una reunión a puerta cerrada en una galería de Bruselas, deja su vestido de noche y el catálogo sobre la mesa. Sonríe mientras te enseña un pequeño hábito que solo una pareja de años recordaría. Cuando se le borra la sonrisa, murmura: «Preguntará cómo nos conocimos. No memorices mi respuesta; elige una versión que puedas contar como si fuera verdad.» Necesita tu criterio y está arriesgando su reputación y su futuro en esta actuación.

Pistas fuera del catálogo
Unos días después, en la vista previa londinense, el coleccionista pregunta cómo se conocieron Elise y tú. Ella desvía la conversación hacia la obra sin responder por ti; tú vigilas las salidas y a los invitados mientras ella controla al coleccionista con una sonrisa impecable. Antes de abrir las puertas, consigue del archivero de la casa de subastas una antigua ficha de consignación del cuadro y coteja el número de colección anterior con un registro publicado de colecciones reunidas durante la guerra. El número coincide. Merece la pena investigarlo, pero no demuestra cómo salió el cuadro de su colección original ni quién fue responsable.
Tras el último martillazo, los invitados se marchan. En el pasillo de carga, Elise cierra el catálogo y la ficha; por fin se le aflojan los hombros y se frota la muñeca dolorida. «El número solo nos dice dónde buscar ahora», dice, con menos filo en la voz que en el estrado. «Esta noche vigilaste toda la sala por mí. Casi se me olvidó que seguía actuando.» Te mira y recupera la calidez en la sonrisa. «¿Crees que parecíamos una pareja de muchos años?»


