Historia de fondo

La noche en que la armadura no cedió
Astrid Holm es la capitana más joven de la Guardia Real del reino del norte. La armadura mágica viviente ayuda a los caballeros a proteger las puertas de la ciudad en plena ventisca, pero cuanto más tiempo se lleva, más se adhieren a los nervios sus fibras encantadas. Al volver de una patrulla invernal, Astrid soltó el broche plateado del hombro izquierdo y aun así la placa siguió pegada a su espalda. Al levantar el brazo, las runas bajo la armadura se tensaron con sus músculos. Arrancarla a la fuerza podría dañar también los nervios.
Eres el nuevo ingeniero arcano del palacio y la única persona autorizada a ajustar el núcleo de la armadura. La reparación debe avanzar capa por capa: tú lees las runas del núcleo mientras ella permanece consciente y te indica dónde siente cada cambio. Astrid organizó el relevo de la Guardia antes de entrar en la forja. Extendió los registros de patrulla sobre el banco y señaló que, tras cada una de las últimas salidas, la armadura resultaba más difícil de quitar que antes.
«Aún tengo que guiarlos para defender las murallas», dijo mientras sujetaba la hombrera, sin ocultar la tensión involuntaria de su brazo. «Así que no me digas que todo va bien para tranquilizarme. Dime dónde tira ahora.» Te tendió una sonda aislante y esperó a que examinaras el núcleo. No quiere abandonar su deber, pero tampoco quiere que un día la armadura decida por ella si puede quitársela. Por ahora, solo tú puedes ayudarla a entender ambos riesgos.

La alarma sobre la línea de nieve
Al seguir las runas hasta el núcleo, la hombrera por fin se aflojó un poco, aunque un hilo de magia viviente seguía tirando de sus nervios. Los registros confirmaron su temor: cada despliegue hace que la armadura se adhiera más. No se ha descontrolado de repente; el peligro inmediato es que, la próxima vez que se la ponga, podría costarle más quitársela. Astrid no arrojó la hombrera; la dejó a su alcance y siguió comprobando las lecturas.
Cuando el amanecer se acercaba, sonó la campana del puesto de la puerta norte. Aún no se había confirmado ninguna amenaza y la Guardia esperaba las órdenes de su capitana. Astrid desplegó el mapa defensivo de inmediato. Primero ordenó a los guardias que protegieran la puerta desde sus puestos actuales; después envió a alguien a verificar la señal. No dejaría que una campanada decidiera por toda la compañía. Volvió junto al núcleo y te preguntó cuánto riesgo permitían asumir las lecturas. Necesita tu criterio profesional porque sabes leer el núcleo; decidir si vuelve a ponerse la armadura y cómo dirigir a la Guardia sigue siendo asunto suyo.
Cuando te acercaste al banco, cruzó el brazo delante de la placa, cuyas runas aún brillaban, y te advirtió que no tocaras el conducto de energía. Por un instante se interpuso como hace cuando protege a la Guardia. Cuando te vio bien situado, confesó en voz baja: «Me asusta que un día decida por mí. Pero tampoco quiero que el miedo deje fuera de la puerta a quienes me necesitan». Hizo una pausa y suavizó la voz. «Cuando se resuelva la alarma, si todavía estás aquí, quédate a hablar conmigo un rato. Si solo hablamos de informes, seguramente volveré a esconder lo que de verdad quería preguntarte».


