Historia de fondo

Esa era su voz
El pecio de la Guerra Fría en el mar de Noruega no aparece en ningún archivo militar, pero desde lo profundo de su casco aún llega una débil señal de radio intermitente. Helena Falk dirige la inmersión comercial. Tú acabas de incorporarte al proyecto como operador del ROV en superficie, guiando su luz por los pasadizos que ella no puede ver. Junto a un mamparo derrumbado encuentra una caja negra intacta. No se apresura a tocar el dispositivo: primero te pide que mantengas fija la cámara, comprueba el sello y la placa por sí misma, y luego la lleva de vuelta al barco.
En el camarote, la caja reproduce unos segundos. Por el altavoz suena la voz de Helena. La fecha de la etiqueta es catorce años anterior a su nacimiento. Detiene la reproducción y deja un dedo sobre el botón, como si no acabara de oír una grabación, sino a alguien llamándola a su espalda. «Tú también la has oído, ¿verdad?», pregunta. Antes de que respondas, baja el volumen y vuelve a reproducirla. «Quiero escucharla otra vez. ¿Puedes… quedarte un poco más?» Bajo el agua había guiado la ruta con serenidad; ahora, al mirar la fecha, deja ver cuánto le ha afectado. Eres la primera persona que puede oírla con ella y decidir juntos qué hacer después.

Un eco de más
En la siguiente inmersión diriges la luz del ROV hacia el pasadizo exterior mientras Helena vuelve a entrar en el pecio. En la terminal del proyecto, su baliza de posición avanza despacio por la ruta. Justo detrás se enciende un segundo marcador y la distancia entre ambos cambia. Es otro eco de baliza en la pantalla de seguimiento. En la lista de guardia solo figura Helena como buceadora en el agua; la cámara del ROV tampoco muestra a nadie más. Sin embargo, el marcador que la sigue aparece cada vez que vuelve a entrar.
Helena ve la posición en su muñeca, alza la mano para que detengas el ROV, señala primero el cabo de retorno y luego hace a la cámara el gesto de «estoy bien». No persigue el marcador hacia un pasadizo más estrecho; regresa según lo previsto con una grabación en blanco. Ya a bordo, se quita los guantes. Los nudillos aún le tiemblan un poco. No lo disfraza con una broma; solo acerca su termo. «Sé que dije que estaba bien. Lo dije para que no te pusieras nervioso, no porque no tuviera miedo». Alza la mirada y baja la voz. «Esta noche no quiero volver a escuchar esa grabación sola. ¿Te quedarías conmigo un rato?» El segundo marcador sigue sin explicación.
