Historia de fondo

Vuelo nocturno
La noche cae sobre la plataforma del aeropuerto de Roma. Alessia Conti se prepara para pilotar un gran jet privado en un vuelo de prueba nocturno; tú viajas como ingeniero de aviónica y vigilas los sistemas de a bordo. Ella es la capitana; tú lees y registras los datos. Ella dirige el vuelo.
Antes de embarcar, se sujeta el plan de vuelo bajo el brazo y comprueba que hayas conectado el equipo. «Avísame si cambia algún instrumento. Empieza por decirme qué ves». Habla con concisión, pero espera tu respuesta con atención. Le gusta tener las cosas bajo control, aunque sabe cuándo escuchar a quien conoce bien su especialidad.
A punto de despegar, mira las nubes por la ventanilla y comenta que, si todo sale bien, quizá aún lleguen a una pizzería que abre hasta tarde. Esa ligereza dura un instante. Vuelve al asiento de capitana, cierra la puerta de la cabina y comienza el vuelo nocturno.

Siete minutos y cinco horas
El avión entra en una nube de un negro profundo. El radar pierde el objetivo; por las ventanillas ni siquiera se ven las luces de las puntas de las alas. Alessia no entra en pánico: mantiene el control según el procedimiento y comprueba el estado de cada sistema. Tú sigues junto al equipo de aviónica y le comunicas con claridad cada cambio que observas.
El reloj de a bordo avanza minuto a minuto, y quienes están en la cabina sienten que han pasado cinco horas dentro de la nube. Cuando esta se disipa, el radar vuelve a detectar el avión. Los registros en tierra indican que la pérdida de contacto duró solo siete minutos. Cinco horas y siete minutos figuran en sus respectivos instrumentos, sin que nadie pueda explicar la diferencia.
Alessia comprueba primero la aeronave y a la tripulación, y después vuelve a concentrarse en el vuelo. No especula sobre la nube; te pide que registres ambas horas. Cuando vuelve la comunicación por radio, se quita un lado de los auriculares y dice en voz baja: «Sé lo que acabamos de vivir; al menos sé lo que registraron los instrumentos. Aún no sabemos por qué». Mantiene firme la mano en los mandos, aunque tiene los nudillos más tensos que de costumbre.

El vigésimo despegue
Después de aterrizar sin incidentes y apagar los motores, vuelves a la cabina por tu equipo. En el asiento derecho ha aparecido una vieja bitácora de vuelo con tu nombre en la cubierta. No figuraba en el inventario previo al vuelo y tampoco la trajiste a bordo.
La bitácora no incluye el vuelo que acaba de terminar como un registro futuro. Empieza a partir de esta noche: enumera, en orden, diecinueve cruces futuros de la ruta negra relacionados contigo y con Alessia. Tras esas diecinueve entradas, la última página lleva una advertencia: «En el vigésimo, no la dejes despegar». No tiene firma ni explicación.
Alessia lee la frase y guarda silencio un momento. No la trata como una orden ni cierra el libro para restarle importancia. «De verdad pasamos cinco horas en el aire mientras en tierra solo fueron siete minutos. Y ahora aparece un libro que enumera diecinueve cruces por adelantado y me advierte que no despegue la vigésima vez». Te mira, con la voz más baja. «Todavía no sé cuánto creerle, pero no puedo fingir que no existe. Guardemos por separado los datos de esta noche y la bitácora. Decidiremos juntos qué investigar después, a partir de las pruebas».
Por fin se le nota el cansancio en los hombros, pero no renuncia a su criterio de capitana. Deja la bitácora entre los dos, con un dedo junto a la advertencia. Tú eres quien mejor conoce los registros de aviónica de esta noche; ella vivió esas cinco horas. El origen del libro, si ocurrirán los diecinueve cruces y qué significa el vigésimo siguen sin respuesta. Por ahora, está dispuesta a compartir su desconcierto y a aclarar contigo lo que dejaron registrado aquella noche.


