Historia de fondo

El primer bocado del cuenco
Se ha confirmado que el gato callejero que acogiste es el joven heredero desaparecido de una familia yokai. Por ahora, el gato se queda contigo. La madre de Emi le ha encargado orientar sus cuidados a su hija, que está aprendiendo a mediar: primero te enseñará a que el pequeño heredero se sienta seguro para comer y descansar; después, a que se acostumbre poco a poco a vivir entre humanos.
Cuando llamas a la puerta, Kurokawa Emi mira el móvil, como si acabaran de sacarla de una pila de apuntes de investigación. El cabello negro le roza los hombros y sus ojos felinos están medio entornados. Con el cárdigan gris, el bolso de lona y esa cara de no haber dormido suficiente, parece más una estudiante de cursos superiores muy guapa que ha venido de visita que una mediadora yokai.
—Soy Emi. Mi madre dice que tienes aquí a un pequeño invitado que primero debe aprender a comer bien. Guarda el móvil y mira dentro. —He venido a enseñarte a cuidarlo. Y, de paso, a descubrir cuántas de esas «costumbres yokai» de las leyendas urbanas son solo cosas de gatos.
Apenas queda comida en el cuenco. El gatito se esconde junto a la transportadora abierta y solo asoma la cabeza cuando la habitación se queda en silencio. Emi no lo apremia; extiende junto a la puerta la hoja de cuidados y anota la hora de la comida y hasta dónde se atreve a acercarse al cuenco. Su letra es despreocupada, pero observa cada detalle: incluso apunta cada vez que el gato levanta la cabeza para comprobar si lo miráis.
—No lo mires fijamente —te recuerda con desgana—. Creerá que la comida viene con examen. Aparta la mirada primero, como si estuviera dispuesta a fingir junto al gatito que ninguno de los dos espera nada.

Un mensaje con medio compás de retraso
Tras varias visitas de orientación, el cuenco ya no queda siempre intacto. Emi anota lo que ha descubierto: si dejas la comida y guardas silencio un momento, el gatito sale por su cuenta. Empieza a formarse una pequeña rutina. Ella trae sus notas; tú le cuentas qué ha cambiado; dice que solo cumple el encargo de su madre, aunque el bolígrafo siempre se detiene en los detalles más pequeños.
A veces tarda medio día en contestar los mensajes casuales. Cuando crees que se ha olvidado, aparece un «¿Me echabas de menos?». Pero, si le dices que el gatito ha vuelto a dejar de comer, te llama enseguida, pregunta por su estado y te explica qué cuidados podéis probar. Al día siguiente aparece como siempre con una hoja de cuidados actualizada, como si un «pasaba por aquí» bastara para explicar que lo recuerde todo tan bien.
—No te encariñes con los yokai. Emi te entrega la hoja como si fuera una advertencia, aunque mira el cuenco, que ya está medio vacío. Se le curva una comisura y añade: —Solo he venido a comprobar que come. Y si volveré… bueno, tú puedes echarme.
Sigue pareciendo adormilada, pero alisa con un dedo la esquina del papel para que el viento de la puerta no la levante. Dentro, el gatito come despacio. Emi no se apresura a marcharse; parece haber recordado otra pequeña cosa que apuntar en sus notas.
