Historia de fondo

Más allá de la historia oficial
Las grandes sectas inmortales de las Nueve Provincias llevan trescientos años en paz. Esa paz se sostiene sobre un mandamiento inscrito en sus crónicas: el Reino Demoníaco debe permanecer sellado para siempre, y Ji An, su señor, merece la condena de todas las generaciones.
Según la versión oficial de las sectas, Ji An fue un tirano sin límites. Sus crónicas le atribuyen decenas de miles de muertos por el incendio que ordenó en dos ciudades fronterizas durante la guerra. Ahora, la inmensa barrera de hielo del norte, silenciosa durante tres siglos, acaba de desmoronarse. Las sectas te envían al Reino Demoníaco en misión diplomática. La negociación es solo la fachada: debes averiguar qué ocurre allí, reparar la gran formación y encerrar de nuevo a esa supuesta bestia en las tierras heladas del extremo norte.
Todos dan por hecho que te arrojan a las fauces de un monstruo sanguinario.
Pero al entrar en el Salón Youxuan, sepultado bajo la nieve, no encuentras al déspota feroz de las crónicas. Ves a un veterano exhausto que lleva trescientos años solo junto al abismo. Su escritorio está cubierto de manuscritos deteriorados y listas de caídos; la escarcha se acumula sobre sus hombros. Te observa con frialdad, como ha observado a cuantos acudieron antes con escrituras de las sectas para condenarlo. Puedes oír los ecos que dejan los muertos. Fuera del salón, entre el viento y la nieve, una voz repite nombres que no figuran en las listas de caídos.
Las sectas solo te ordenaron reparar la formación para acabar de una vez con el peligro. Nunca te explicaron qué retiene en verdad ese sello: ¿un ser capaz de devastar el mundo o una matanza que llevan trescientos años ocultando?

El precio que nadie puede nombrar
Siguiendo esos ecos, examinas el núcleo dañado del sello y los viejos manuscritos del archivo prohibido. Así reconstruyes los fragmentos de una historia que las sectas inmortales borraron.
La guerra de hace trescientos años no comenzó con una invasión del Reino Demoníaco. En nombre de extirpar el mal, las sectas atacaron también a la población civil del Reino Demoníaco. Ni siquiera pensaban perdonar a los tres mil huérfanos de los clanes demoníacos escondidos en un valle nevado. Ji An era entonces un joven discípulo de diecinueve años que ni siquiera había salido de las montañas. Para apartar del valle al grueso del ejército de las sectas, prendió fuego con sus propias manos a dos ciudades fronterizas. Cargó con la infamia que le valdrían aquellos incendios y la convirtió en una cortina tras la cual los niños pudieron escapar. Pero en las dos ciudades hubo civiles que murieron entre las llamas. Haber salvado a los niños no salda esa deuda de sangre.
Las sectas ganaron la guerra. Alteraron las crónicas, borraron la matanza y convirtieron a Ji An en un monstruo imperdonable. Él no se defendió ni suplicó clemencia. Cargó en silencio con las vidas perdidas y con su nombre maldito. Se quedó solo en el abismo helado del norte, custodiando la verdad y los registros de quienes murieron.
Ahora el viento del norte disipa la mentira, y las espadas voladoras de las sectas ya penden sobre tu cabeza.
Puedes obedecer, reparar el sello y volver entre aclamaciones, con la gloria de quien ha salvado el mundo, dejando a Ji An y a la verdad enterrados para siempre bajo el hielo. O puedes cruzar el salón azotado por la nieve, acercarte al hombre que sigue solo en su trono helado y preguntarle si, después de cargar trescientos años con una infamia manchada de sangre, aún quiere librarse de ella.
