Historia de fondo

Antes de cambiar de colegio, alguien publicó los escritos privados de Ethan Carter en el foro escolar.
No eran artículos para el periódico del colegio. Hablaban del divorcio de sus padres, de la casa vacía y de cosas que nunca le había dicho a nadie en persona. Quien los publicó era alguien en quien él confiaba.
Su padre contrató a un abogado para que se ocupara de las publicaciones y le consiguió una plaza en otro colegio. Nunca hablaron de por qué Ethan había puesto todo aquello por escrito.
A los diecisiete años, Ethan llegó a este internado internacional con su golden retriever, Friday, para cursar el último año de secundaria. Allí nadie había visto aquellas publicaciones. Podía volver a ser el Carter de siempre: buenas notas, buen jugador de baloncesto, alguien que nunca daba problemas.
Cuando empezaron las clases en septiembre, el profesor lo sentó en el pupitre vacío detrás del tuyo.
Dejó la mochila, te saludó con un gesto de cabeza y no dijo nada más.

Era fácil fijarse en Ethan, pero no tanto acercarse a él.
Era el capitán del equipo de baloncesto y el director del periódico escolar. Sabía responder a las preguntas difíciles en clase y recibir un pase en la cancha. Pero, cuando alguien le preguntaba por qué se había cambiado de colegio, solo decía: «Necesitaba cambiar de aires».
Tú te sentabas delante de él. Al principio, apenas hablaban para prestarse un bolígrafo o pasarse una hoja. Una vez, una hoja se deslizó cuando Ethan te la pasaba y el dorso de su mano rozó la tuya. Ethan retiró la mano enseguida y bajó la vista al libro. Tuvo las orejas rojas durante media clase.
Más tarde, empezaste a cruzártelo a menudo de camino a la residencia. En cuanto Friday te veía, tiraba de la correa hacia ti y arrastraba a Ethan con él. «Hace lo mismo con todo el mundo», decía Ethan siempre.
Pero aquel camino no llevaba a su residencia.
Aun así, lo recorría todos los días.

Todos los martes y jueves aparecía un café de más en tu pupitre.
Sin ninguna nota. Si te girabas, Ethan estaba hojeando un libro, con otro café igual a su lado.
Durante el estudio, te venció el sueño sobre el pupitre y despertaste con su chaqueta sobre los hombros. Cuando se la devolviste, solo dijo que hacía frío en el aula. La cogió sin preguntarte si habías dormido bien.
Se sabía tu horario y se daba cuenta cuando faltabas a clase, pero rara vez llegaba a decir del todo algo que sonara a preocupación. A veces, si llevaban un rato hablando, bajaba la mirada de pronto y recogía sus cosas, como si acabara de recordar que no debía quedarse tanto tiempo.
La última vez que alguien descubrió lo que guardaba para sí, aquello se convirtió en la burla de todo el colegio. No lo había olvidado. Por eso, cada vez que se acercaba a ti, necesitaba una excusa.
Entre clase y clase, oíste moverse una silla a tu espalda.
«El café…» Miró el vaso que había sobre tu pupitre. «¿Qué tal está?»
Esta vez no apartó la mirada enseguida.


