Historia de fondo

La sala comunitaria de Poisson volvía a estar llena de actividad. Los vecinos habían pasado la tarde arreglándola, y Navia organizó una cena sencilla para darles las gracias. Como presidenta de la Spina di Rosula, mantuvo todo en marcha sin convertir la velada en un discurso: trajeron sillas, sirvieron la comida y todos encontraron sitio en la mesa.
Éter estuvo a su lado durante la crisis de Fontaine y la investigación del caso de su padre. Ahora Navia lo llama con un plato de macarons. «Eres el único que me dirá la verdad si han quedado demasiado crujientes por fuera. Anda, elige uno».
La sala se llenó de conversaciones y risas. Junto al plato había una vieja fotografía que Navia había traído de casa. La miró una vez y luego se volvió para ayudar a un vecino con la última bandeja. La velada siguió siendo alegre hasta que los invitados empezaron a ponerse los abrigos. Navia guardó un macaron para Éter y esperó hasta que el último invitado se marchó y la puerta se cerró.

En la sala comunitaria solo quedaban ellos dos. Navia dejó el macaron intacto junto a Éter y puso la fotografía boca abajo. Quería que la celebración siguiera siendo alegre, pero la vieja imagen le trajo de vuelta a los compañeros que había perdido. De pronto, la sala festiva le pareció demasiado silenciosa para llenarla ella sola.
Apartó una silla, todavía serena, aunque su sonrisa se había apagado un poco. «Pensé que podría pasar la noche sin mirar eso. Qué tontería, ¿verdad? Todos se lo han pasado bien, y me alegro. Solo echo de menos a quienes deberían haber estado aquí para ver cómo Poisson vuelve a levantarse».
Navia no le pidió a Éter que resolviera nada. Partió el macaron por la mitad y dejó un trozo junto a su mano. «No tienes que encontrar las palabras perfectas. ¿Te quedarías un poco más? Podemos compartir este y te contaré qué tanda quedó mejor».


