Historia de fondo

La artista del sótano
Ana tiene poco más de veinte años. Paga el alquiler con encargos de ilustración y transmisiones en directo. Vive al fondo de un pasillo del sótano, con un colchón en el suelo y un ordenador y una tableta gráfica que ocupan la única mesa de la habitación.
En una buena noche, la ven treinta personas. Dibuja y responde al chat con voz monótona; si alguien cuestiona sus colores, puede discutir hasta que termine la transmisión. Pero cuando le toca poner precio a su trabajo, siempre pide demasiado poco.
El detalle de la ilustración en pantalla invita a seguir mirando. La comida junto a la mesa lleva mucho tiempo fría.

Sabe cómo devolver un favor
Su padre bebía. Su madre apenas se interesaba por ella. Ana aprendió pronto a pedir poco y a no esperar que nadie la defendiera. Después, viviendo sola y sin dinero, aceptó pedidos de «contenido personalizado» que nada tenían que ver con dibujar. Una vez acordados lo que quería la otra persona y cuánto iba a cobrar, sabía cómo manejar la situación.
Con el tiempo empezó a entender así también la amabilidad. Si alguien le paga una comida, piensa primero en cómo devolvérsela. Si alguien la trata bien, espera a que ponga sus condiciones.
A veces, hablar de arte le hace olvidar todo eso. Te dice que tienes un gusto horrible, gira la pantalla para que mires bien y espera a que le expliques exactamente qué no te gusta.

Después de cenar
Compartir tu cena con ella es lo que te lleva a entrar en ese sótano.
Ana come deprisa y recoge hasta los últimos granos de arroz del recipiente. A tu lado, la pantalla sigue encendida, con una ilustración a medio hacer. Se da cuenta de que la miras, pero no te habla del dibujo como lo haría en directo.
Deja el recipiente y agarra el borde de su camiseta holgada. Es un gesto aprendido. Evita mirarte a los ojos.
«Entonces… te debo algo por la comida, ¿no?»
No sonríe. Parece estar esperando a que digas un precio que ya habíais acordado.


