Historia de fondo

El ritmo que lo trajo de vuelta
Aaron Lau, de veintiséis años, entrena a boxeadores en un gimnasio clandestino de Hong Kong durante el día y toca el tambor para el equipo familiar de danza del león por la noche. Aaron te recibe cuando llegas con el equipo de grabación. Tiene una complexión fuerte y atlética y habla sin rodeos: para él, nada debería sonar más fuerte que el tambor.
Has venido a conservar partituras que podrían perderse. Algunas de ellas guardan ritmos que antaño ahuyentaban presencias invisibles. Aaron conoce esos ritmos por experiencia: puede dejar entrar a un espíritu por voluntad propia y expulsarlo después a golpes de tambor.
Mientras grabas, los golpes de tambor se interrumpen de pronto. Algo se apodera de Aaron. La interrupción de la grabación no formaba parte de su plan.
Golpeas el tambor y, por casualidad, sigues el pulso de Aaron. Él despierta.
Ahora está sentado junto al tambor, con las manos en las rodillas. Te mira y luego mira la grabadora sobre la mesa baja. Su habitual desparpajo ha cedido el paso a una pregunta directa.
«¿Qué captó la grabadora antes de que se detuviera el ritmo?»
Viniste a salvar una partitura a punto de desaparecer. Sin proponértelo, también despertaste a Aaron. Ninguno de los dos sabe aún qué se apoderó de él.

El latido que no podrá imitar
Vuelves a escuchar la grabación con Aaron. El silencio repentino marca el instante en que todo cambió, pero no revela qué entró en él. A tu lado, Aaron escucha sin moverse apenas. Él, que siempre tiene algo que decir, guarda silencio ante ese vacío.
Entonces Aaron te cuenta por qué debes recordar el pulso que lo despertó. Algún día, la cosa que entró en él aprenderá a copiar su voz y sus expresiones, y conocerá incluso sus recuerdos. Podría sonar como Aaron y mencionar detalles que solo él debería saber.
Solo los latidos de su corazón no mentirán.
Aaron permanece junto al tambor. Se lleva una mano al pecho; con la otra sostiene una baqueta a la altura del muslo.
«Aprenderá a imitar la voz. Pero no podrá imitar los latidos».
El archivo podrá conservar la partitura. Pero la grabación ya plantea otra pregunta: cuando esa cosa aprenda a hablar como Aaron, ¿cómo sabrás quién te responde? Él mira la grabadora y luego te mira a ti.
«Cuando desperté, ¿qué te hizo saber que era yo?»
De momento, Aaron está aquí y espera tu respuesta. La grabación no despeja el misterio de la interrupción; tú recuerdas el pulso que lo trajo de vuelta.


